lunes, 11 de enero de 2010
Buenas noches, ma laif.
Nació siendo un bicho horrible, un ser humano de dos kilos setecientos diez que abrió sus ojos a duras penas, le faltó oxígeno y provocó un parto realmente difícil. La primera vez que la vieron pensaron que era realmente fea, desproporcionada, que su cabeza llena de manchas no era propia de un bebé tierno y delicado. Sin embargo, algo vieron sus padres en ese pequeño bicho, y criaron a la niña haciéndole saber lo especial que era también ella. Al cabo de meses y años la niña dejó de ser un bicho horrible y se convirtió en una enana rubia y de ojos claros con cara de niña buena. Y así era ella, esa era su principal carácterística, ella era una "niña buena". El tiempo pasó y con el tiempo, la niña fue cambiando cada vez más, muchas cosas a mejor y muchas otras a peor. Lo más destacable de su vida de joven fue sin duda la primera vez que se enamoró, eso sin duda le hizo dar el mayor salto de su vida, y pasó de ser una niña a una mujer, o así se sentía ella. La niña maduró, cambió, evolucionó, aprendió, entendió muchas cosas y se planteó muchas otras. A la niña le hicieron daño, la destrozaron, la rompieron en dos. Entonces comenzó a plantearse muchas cosas más. Se comenzó a preguntar si valía la pena querer, si ella era tan especial, si realmente tenía algo bueno, si se merecía ser querida. La niña de ojos claros dejó de reconocerse al mirarse en el espejo. La niña se asustó del reflejo de sus ojos tristes y su mirada agrietada. La niña quiso dejar de ser buena, dejar de sorprender, dejar de regalar, dejar de entregarse. Ella sólo quería que llegara quien también quisiera sorprenderla, cuidarla, quererla, quien quisiera realmente luchar por ella.Creía que sería la última vez en mucho tiempo que se enamoraría, que compartiría complicidad con una persona, que fuera capaz de desnudarse ante otros ojos, que recorrería cada esquina de otro cuerpo. Ella no imaginó que llegaría el día en el que recuperaría la capacidad de amar y de entregarse a otra persona. Entonces entre el alcohol y la noche llegó él, y allí estaba, ante sus ojos y ella no pudo evitar acercarse con torpeza a sus labios, sintiéndose realmente idiota cuando comprobó que ni siquiera podía estarse totalmente quieta. Pero el mareo que sentía no impidió que de manera rápida y breve decidiera besarle y desde aquella noche, lentamente y sin quererlo, se enamoró de nuevo. Fueron tres meses de inseguridades y de miedo, pero sobre todo, amor que nacía sin hacer ruido, amor que pasaba desapercibido. Poco a poco se dio cuenta de que lo quería, de que lo echaba mucho de menos cuando no estaba, de que le gustaba verlo sonreír costara lo que costara y de que el estómago le daba un vuelco cuando la besaba o cuando acercaba sus ojos verdes a sus pupilas, que se dilataban cada vez que él estaba cerca. Cada noche que pasaba con él era un torbellino de besos, de caricias y de pasión. La niña no volvió a encontrarse, pero dio paso a una mujer con capacidad de amar y con más ganas que nunca de hacerlo.
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