Adrián Navarro, me encanta tenerte entre mis brazos y notar todos tus huesitos clavándose en mi pecho. Me vuelve loca tu culito de pollo y que te rías cuando lo nombro, que muevas tu cabeza de forma descontrolada, es tu manera de desahogarte cuando te pones nervioso. Cuando caminas, no puedo evitar fijarme en que pareces un avestruz, con tus piernas largas y delgadas y tus movimientos rápidos y descontrolados. Tu risa desmesurada y contagiosa. Me asombra lo blancos que son tus dientes pese a todo lo que fumas, que tus colmillos sean tan afilados y que eso me atraiga tanto. Tus ojos verdes, sobre los que siempre escribo, siempre grandes, siempre hablando, siempre expresivos. Me gusta que tu mirada se pose en mi cara y permitirte analizarla poco a poco, porque sé que tras observarme con cuidado me regalarás una de tus sonrisas de fuego. Me calientas cuando me miras, cuando me tocas, cuando no dices nada, cuando te ríes, cuando cantas, cuando te sientes idiota. Que cantes, tu voz,que no tengas vergüenza, que grites y te vuelvas loco delante de todo el mundo. Admiro que siempre seas tú y que no escondas nada, tus labios de negro, tus 3929389283 gestos y expresiones propias. La agresividad de niño bueno, tus tipicos nervios de los chicos flacos. La manera en la que inflas la boca al fumar y tus hoyitos, que aparecen y desaparecen, aparecen y desaparen... Y por supuesto los pelitos que los adornan. Tus cejas triangulares. Quitarte los calcetines, abrazarte como a ti te gusta, tus calzoncillos de "fish tank". Tus mordiscos en la nariz incluso cuando duelen. Me encanta imitarte. Admiro al once. Extraño tu cama, tus mimos, las duchas, tus polvos, tus besos, tus zumos rosas. Tu música, verte bailando estilo rumbero, ver como te miras a los espejos y haces muecas. Me gusta cuando toses y que seas de vez en cuando una niña. Tu cariño, que me escuches y sobre todo, que me quieras.
martes, 15 de diciembre de 2009
Tus detalles son tus destellos.
Adrián Navarro, me encanta tenerte entre mis brazos y notar todos tus huesitos clavándose en mi pecho. Me vuelve loca tu culito de pollo y que te rías cuando lo nombro, que muevas tu cabeza de forma descontrolada, es tu manera de desahogarte cuando te pones nervioso. Cuando caminas, no puedo evitar fijarme en que pareces un avestruz, con tus piernas largas y delgadas y tus movimientos rápidos y descontrolados. Tu risa desmesurada y contagiosa. Me asombra lo blancos que son tus dientes pese a todo lo que fumas, que tus colmillos sean tan afilados y que eso me atraiga tanto. Tus ojos verdes, sobre los que siempre escribo, siempre grandes, siempre hablando, siempre expresivos. Me gusta que tu mirada se pose en mi cara y permitirte analizarla poco a poco, porque sé que tras observarme con cuidado me regalarás una de tus sonrisas de fuego. Me calientas cuando me miras, cuando me tocas, cuando no dices nada, cuando te ríes, cuando cantas, cuando te sientes idiota. Que cantes, tu voz,que no tengas vergüenza, que grites y te vuelvas loco delante de todo el mundo. Admiro que siempre seas tú y que no escondas nada, tus labios de negro, tus 3929389283 gestos y expresiones propias. La agresividad de niño bueno, tus tipicos nervios de los chicos flacos. La manera en la que inflas la boca al fumar y tus hoyitos, que aparecen y desaparecen, aparecen y desaparen... Y por supuesto los pelitos que los adornan. Tus cejas triangulares. Quitarte los calcetines, abrazarte como a ti te gusta, tus calzoncillos de "fish tank". Tus mordiscos en la nariz incluso cuando duelen. Me encanta imitarte. Admiro al once. Extraño tu cama, tus mimos, las duchas, tus polvos, tus besos, tus zumos rosas. Tu música, verte bailando estilo rumbero, ver como te miras a los espejos y haces muecas. Me gusta cuando toses y que seas de vez en cuando una niña. Tu cariño, que me escuches y sobre todo, que me quieras.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Como metido en una lata.
Me buscarás cuando el frío recorra las calles y se te hiele el corazón, cuando te sientas solo y eches de menos el calor de las yemas de mis dedos en tus mejillas. Cuando sientas que poco a poco se te olvida cuáles eran los motivos que te hacían salir y llevar la cabeza bien alta y ya no queden ganas de ser fuerte y defenderte. Cuando no recuerdes que por tus venas corre sangre del 91, cuando te sientas tan pequeño que te creas insignificante. Me buscarás cuando la ansiedad recorra cada uno de tus sentidos, cuando la presión te deje sin aliento, cuando el agua te llegue al cuello. Me llamarás para que alimente tu orgullo, para que te haga sentir el típico nervio de los chicos flacos.
Y por mucho que me duela tenerte así, yo te salvaría una y otra vez
Y por mucho que me duela tenerte así, yo te salvaría una y otra vez
domingo, 13 de diciembre de 2009
Resaca.
-El problema está en que yo ya te quiero.
-...Yo también te quiero.
Y fue un "te quiero" inesperado, con sabor a alcohol e impactante. Un "te quiero" que hizo que el mareo que tenía encima desapareciera en un instante, y de repente, vio como lo que llevaba esperando con tanta ansiedad estaba enfrente y tenía unos enormes ojos verdes que hablaban sin parar. -¿Me quieres?- Siempre había guardado desconfianza a todo aquél que le mostrara que sí, que era una chica "querible", ¿qué creía que era ella?, ¿de verdad pensó que nadie podría admirar un rinconcito de su persona? Allí estaba él, plantado frente a sus ojos azules observando la pintura corrida, sus ojeras de cansancio y seguramente analizando el inagotable movimiento producido por algunas copas más de la cuenta. Pero aun así la observaba como algo bello, como un regalo que no ha sido abierto aun y sus dedos recorrían poco a poco sus rizos rubios, empapados por la lluvia. Ella no podía creer lo que le estaba sucediendo, era él. Era él el que ahora pronunciaba las dos palabras que para ella significaban todo. Y pese a su cansancio y al tremendo colocón que pudiera tener, retuvo esas dos palabras en su cabeza durante toda la noche. Quizá fue por eso que a la mañana siguiente no había cansancio, ni huellas de lo mucho que había bebido, nada de malestar, cuando se vio en el espejo lo único que encontró fue una enorme sonrisa. Y así pensó: otra vez, pequeña, otra vez eres vulnerable y otra vez tienes una cara de atontada que ninguna máscara te podría ocultar. Entonces como siempre, imaginó que todo cambiaría por dos palabras, ella sabía lo ilusa que había sido siempre y lo tremendamente fácil que era hacerle daño. Ese mismo día, en el que él le había pedido salir a tomar algo, no tuvo noticias de él. Por primera vez en dos meses sintió que a él no le apetecía. Después de aquella noche en la que él pronunció las ocho letras que le rompieron los esquemas, ella se sintió de nuevo vacía. ¿Pero qué iba a hacer? Pese a su vulnerabilidad y su ingenuidad, ella no se dejaba pisotear, sacaría fuerzas de donde pudiera y enmascararía las ojeras, el cansancio y la desilusión que de repente reflejaban su cara resacada.
-...Yo también te quiero.
Y fue un "te quiero" inesperado, con sabor a alcohol e impactante. Un "te quiero" que hizo que el mareo que tenía encima desapareciera en un instante, y de repente, vio como lo que llevaba esperando con tanta ansiedad estaba enfrente y tenía unos enormes ojos verdes que hablaban sin parar. -¿Me quieres?- Siempre había guardado desconfianza a todo aquél que le mostrara que sí, que era una chica "querible", ¿qué creía que era ella?, ¿de verdad pensó que nadie podría admirar un rinconcito de su persona? Allí estaba él, plantado frente a sus ojos azules observando la pintura corrida, sus ojeras de cansancio y seguramente analizando el inagotable movimiento producido por algunas copas más de la cuenta. Pero aun así la observaba como algo bello, como un regalo que no ha sido abierto aun y sus dedos recorrían poco a poco sus rizos rubios, empapados por la lluvia. Ella no podía creer lo que le estaba sucediendo, era él. Era él el que ahora pronunciaba las dos palabras que para ella significaban todo. Y pese a su cansancio y al tremendo colocón que pudiera tener, retuvo esas dos palabras en su cabeza durante toda la noche. Quizá fue por eso que a la mañana siguiente no había cansancio, ni huellas de lo mucho que había bebido, nada de malestar, cuando se vio en el espejo lo único que encontró fue una enorme sonrisa. Y así pensó: otra vez, pequeña, otra vez eres vulnerable y otra vez tienes una cara de atontada que ninguna máscara te podría ocultar. Entonces como siempre, imaginó que todo cambiaría por dos palabras, ella sabía lo ilusa que había sido siempre y lo tremendamente fácil que era hacerle daño. Ese mismo día, en el que él le había pedido salir a tomar algo, no tuvo noticias de él. Por primera vez en dos meses sintió que a él no le apetecía. Después de aquella noche en la que él pronunció las ocho letras que le rompieron los esquemas, ella se sintió de nuevo vacía. ¿Pero qué iba a hacer? Pese a su vulnerabilidad y su ingenuidad, ella no se dejaba pisotear, sacaría fuerzas de donde pudiera y enmascararía las ojeras, el cansancio y la desilusión que de repente reflejaban su cara resacada.
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