domingo, 13 de diciembre de 2009

Resaca.

-El problema está en que yo ya te quiero.
-...Yo también te quiero.

Y fue un "te quiero" inesperado, con sabor a alcohol e impactante. Un "te quiero" que hizo que el mareo que tenía encima desapareciera en un instante, y de repente, vio como lo que llevaba esperando con tanta ansiedad estaba enfrente y tenía unos enormes ojos verdes que hablaban sin parar. -¿Me quieres?- Siempre había guardado desconfianza a todo aquél que le mostrara que sí, que era una chica "querible", ¿qué creía que era ella?, ¿de verdad pensó que nadie podría admirar un rinconcito de su persona? Allí estaba él, plantado frente a sus ojos azules observando la pintura corrida, sus ojeras de cansancio y seguramente analizando el inagotable movimiento producido por algunas copas más de la cuenta. Pero aun así la observaba como algo bello, como un regalo que no ha sido abierto aun y sus dedos recorrían poco a poco sus rizos rubios, empapados por la lluvia. Ella no podía creer lo que le estaba sucediendo, era él. Era él el que ahora pronunciaba las dos palabras que para ella significaban todo. Y pese a su cansancio y al tremendo colocón que pudiera tener, retuvo esas dos palabras en su cabeza durante toda la noche. Quizá fue por eso que a la mañana siguiente no había cansancio, ni huellas de lo mucho que había bebido, nada de malestar, cuando se vio en el espejo lo único que encontró fue una enorme sonrisa. Y así pensó: otra vez, pequeña, otra vez eres vulnerable y otra vez tienes una cara de atontada que ninguna máscara te podría ocultar. Entonces como siempre, imaginó que todo cambiaría por dos palabras, ella sabía lo ilusa que había sido siempre y lo tremendamente fácil que era hacerle daño. Ese mismo día, en el que él le había pedido salir a tomar algo, no tuvo noticias de él. Por primera vez en dos meses sintió que a él no le apetecía. Después de aquella noche en la que él pronunció las ocho letras que le rompieron los esquemas, ella se sintió de nuevo vacía. ¿Pero qué iba a hacer? Pese a su vulnerabilidad y su ingenuidad, ella no se dejaba pisotear, sacaría fuerzas de donde pudiera y enmascararía las ojeras, el cansancio y la desilusión que de repente reflejaban su cara resacada.

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